Leyendo e informándonos con seriedad

“Educar es, desde su origen latino, conducir, dar cauce, crear las condiciones para que un individuo salga de la tiniebla y se asome a algún modo de la iluminación”. Manolo

Me compartió un querido amigo de la infancia una carta del periodista y académico uruguayo Leonardo Haberkorn en la que explica las causales hondas de su decisión de renunciar al apostolado de ser catedrático en la carrera de Comunicación en la universidad ORT de Montevideo, plasmando: “Que después de bastantes años se cansó de pelear contra WhatsApp y Facebook, quienes le ganaron, dado que los estudiantes no se desapegan de su teléfono móvil…no tienen muchos de ellos, conciencia de lo ofensivo e hiriente que es lo que hacen al no poner atención a sus clases. Además, cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo ante gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado”.

A manera de guisa, no saben lo básico del conflicto en Venezuela, ignoran quién es Almagro, o qué pasa en Siria, ¿Qué partido es más liberal, o está más a la “izquierda” en Estados Unidos, los demócratas o los republicanos? O ¿Quién es Vargas Llosa? Y él mismo razona, que la misma juventud no es responsable del todo bagaje de incultura que cargan, porque gran parte, también es de los maestros, que no les corrigen las faltas de ortografía, les enseñaron que todo da más o menos  lo mismo. “Y lo malo termina siendo aprobado como mediocre; lo mediocre pasa por bueno: y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante”.

Y ante su silencio de las preguntas formuladas, daban a entender que se acabara la clase, como también lo deseaba el uruguayo periodista y maestro. 

Observo, escucho, leo mensajes de texto, con horrendas faltas de ortografía, los nombres propios en minúsculas, gracias abreviado vulgarmente “gcs”, miles de gazapos, charlas fatuas de vida de las intimidades de artistas, expresiones de indignidad contra los maestros de la sección XXII, y los propios adultos, ni idea tienen en qué consistió la Reforma Educativa, y eso sí, son buenos críticos, cuando que no leen artículos de fondo, y menos libros, que los orienten. Pero eso sí, si un contacto así le llaman en WhatsApp, exhibe lo que come, es acreedor a felicitaciones como si fuese un hecho heroico y entonces la mayoría de los integrantes del grupo se des atan, dejan lo que tienen que hacer, expresando loas por demás estériles a favor del comensal. A Contrario Sensu, en comunicados importantes como la misiva descrita, fotos de obras de arte, videos culturales, el silencio de “los contactos” es estridente.

Los libros (mi otro país) proporcionan educación permanente, así que respiremos hondo, distendamos el músculo, sonriamos levemente y hagamos nuestra tarea.

Durante la Colonia, en sus tres siglos consagró un concepto cuya doble raíz es hispánica e indígena; el conocimiento es una de las principales herramientas del poder y, por lo mismo, sólo deben tener acceso a él los escogidos y los notables, los miembros de las clases dominantes y religiosas y civiles, dicho esto último con la conciencia que todo lo civil durante la Colonia, sigue medrando lo religioso. Los códices, los libros, el conocimiento de la palabra, las exquisiteces de la cultura, el arte y las ideas nuevas eran para disfrute exclusivo de los grandes señores; al pueblo lo que le convenía, no a ellos sino a los grandes señores, era la bruta ignorancia y los subsecuentes sometimientos en capacidades e incapacidades de descernimiento. La información era para unos cuantos; ¿De qué le servía el conocimiento y el desarrollo de su capacidad critica a la gente baja, los macehuales, la indiada, la negrada, los mestizos, los santapatrás, quienes seguramente usarían esa delicada herramienta para conspirar contra sus naturales señores y para difundir todo tipo de mensajes subversivos?.

Aquí está el meollo de lo que quiero decir: La educación en México ha sido tan mala, porque es uno de los bienes, quizá el principal, distribuido de origen y de historia con una autoritaria, temerosa y maligna injusticia. Somos lo que somos porque hemos sido lo que hemos sido.

También por esto veneramos tan grandemente a esos espíritus fuertes y generosos que se obstinaron en la repartición un poquito más justa del conocimiento y de los bienes culturales. Por eso convertimos en estatua a Vasco de Quiroga, quien, con la Utopía de Moro en la Mano repartió justamente educación, artes, oficios y templanza en el vivir, en ese secreto paraíso que es la cuenca del Pátzcuaro. El dolor de este escribiente, nace por cada tata vasco, hemos tenido cientos y miles de caciques, gobernantes, arzobispos y capitanes de empresas obstinados en ser propietarios únicos de la lectura (que siempre han desalentado entre la gente), de los saberes y obstinados también en defender la sagrada causa de la ignorancia colectiva, madre de toda superstición, de todo prejuicio, de toda resignación, de toda desconfianza, de todo fanatismo, y de toda estupidez. Ergo, salgamos con voluntad leyendo e informándonos con seriedad.

Jugadas de la Vida.
Un “momento” es una antigua medida de tiempo, con una duración de un minuto y medio.