Atracción sexual, cuando el amor no nace de la vista

Solteros participan en una nueva modalidad de cita que parte de la idea de que el olor desempeña un papel clave en la atracción sexual.

Cuando entré a una fiesta el jueves por la noche, estaba cohibido de una manera en la que nunca había estado antes: ¿y si a nadie le gusta la forma en que huelo?

Es verano en Washington, por lo que podría asumirse que nadie huele tan bien. Pero esa noche fue distinta a la de una reunión promedio. Estaba a punto de entrar en una fiesta de feromonas, donde extraños estarían inhalando mi olor a través de una camiseta que usé como pijama.

Las fiestas comenzaron en Nueva York, Londres y Los Ángeles como veladas experimentales entre personas en busca de pareja. Las reuniones fueron creadas por una mujer cansada de hacer citas en Internet, pero resulta que tienen un fundamento científico.

Los investigadores han demostrado que los humanos tienen la capacidad de distinguir en el aroma combinaciones genéticas. Del olor de las potenciales parejas se desprende si son el complemento óptimo a sus propios genes inmunológicos.

En una galería a media luz, los asistentes se congregaron en torno a varias mesas con bolsas de plástico que llevaban camisetas y una tarjeta con un número. Una vez que alguien encontraba una que le gustara, un fotógrafo le tomaba una imagen sosteniendo la bolsa y la proyectaba sobre una pared para que el  dueño de la camiseta se presentara para conocer al admirador o admiradora de su aroma corporal.

Konstantin Bakhurin, de 25 años y con licenciatura en Neurología, dijo que soslayó las bolsas que olían a talco para bebé, a detergente o a perfume hasta que encontró algo más peculiar: la poseedora de una camiseta amarilla cuya fragancia describió como “picante”.

“Creo que esto es, probablemente pseudociencia”, comentó Bakhurin, quien asistió con dos compañeros también graduados en la Universidad de California en Los Ángeles. “Sólo vine por curiosidad, para ver qué ocurría”.

Las fiestas representan un marcado contraste con la proliferación de los sitios en Internet para buscar pareja, los cuales requieren incontables detalles de los solteros. Los encuentros de feromonas están de alguna manera remontando el romance a algo más primitivo.

Judith Prays, una programadora de cibersitios que ahora vive en Atlanta, dijo que se le ocurrió la idea de las fiestas de feromonas cuando no pudo encontrar pareja en Internet. Relató que había salido con hombres por más o menos un mes hasta que las cosas se agriaban y entonces comenzó a citarse con un hombre que no era lo que buscaba, pero con quien terminó teniendo una relación de dos años.

Lo que recordaba era su olor.

“Incluso cuando él olía mal desde un punto de vista objetivo, creo que olía muy bien”, explicó Prays, de 25 años. “Y entonces me dije, bueno, quizá yo deba buscar pareja en función del aroma”.

Al principio, fue un experimento. Prays invitó a 40 amigos a una fiesta en Nueva York y les pidió que durmieran con una misma camiseta durante tres noches, que la pusieran en una bolsa de plástico, luego en el refrigerador y que finalmente la llevaran a la fiesta. Las bolsas fueron diferenciadas con tarjetas azules para los hombres y rosas para las mujeres, así como con números para que los dueños de las prendas pudieran ubicar a sus admiradores.

La noche fue un éxito, dijo Prays y agregó que media docena de parejas se engancharon y una formó una relación formal. Desde entonces, ha realizado encuentros similares en Nueva York y Los Ángeles y tiene planes para llevarlos a Atlanta, San Francisco y quizá otro lado.

Muchos asistentes vieron simpática la idea de encontrar pareja con una camiseta olorosa. Pero eso no significa que haya algo de ciencia que apoye la idea.

Varios estudios con experimentos similares de camisetas han demostrado que las personas prefieren diferentes olores humanos. Pero la preferencia de un aroma es dictada por un conjunto de genes que influyen en nuestra respuesta inmunológica, que según investigadores es la forma en que la naturaleza impide la endogamia y preserva las adaptaciones genéticas creadas al paso del tiempo.

El Economista